
Mi regalo de matrimonio-cumpleanhos-navidad para Magtán fue un nuevo detector de metales. Ah, me había olvidado de decir que él ya tenía uno, cuanto cabe de viejo, que le reventaba los tímpanos cada vez que se tropezaba con un pedazo de fierro oxidado. Creo que tampoco dije que el hobby de Magtán es buscar monedas u objetos antiguos en los bosques de los alrededores. Para eso espera los fines de semana con ansiedad, verificando diariamente los pronósticos del clima porque si llueve, se le arruina el vacilón. El vacilón consiste en sacar su modernísimo detector de metales, mi regalo o sea, y salir con el perro a explorar caminos abandonados, las riveras de los ríos, lomas alejadas de la civilización, es decir casi cualquier recodo de este territorio que ha sido atravesado por buena parte de la historia europea. El vacilón implica, además, ponerse un par de audífonos que van conectados al detector y prestar atención a sus chillidos, pues estos varían según el tipo de metal, el tamanho y la profundidad a la que se encuentre; si el sonido es firme y claro, hay que echarse a escarbar hasta llegar al tesoro. El tesoro puede ser una valiosísima moneda de oro con el rostro de Nerón o un deleznable cartucho de fusil, como los tres que encontramos hoy por la tarde. Generalmente, regresa a casa con lo segundo, con las manos asquerosas y el perro embarrado hasta el hocico. Pero también ha encontrado alguna cosita de la época de Julio César y, por ahora, su hallazgo más importante con este nuevo detector es una moneda de plata de dos francos, fechada en 1944.
A diferencia de la mayoría de aficiones, esta requiere paciencia infinita. De hecho, aun si encontrara una pieza con el rostro de, qué se yo, Marco Antonio (que dicen que no era tan guapo como Richard Burton), antes de poder exhibirla o registrarla, primero tendría que remojarla en aceite (preferentemente de olivo) durante meeeeses, luego rasparla delicadamente, y ya no sé cuantas cosas más. Santa paciencia que, basta de hipocresías, debe convertirlo en uno de los pocos hombres capaces de estar a punto de celebrar dos meses de matrimonio conmigo. De hecho, ese fue uno de sus argumentos para convencerme de venir a vivir con él. Que en Lima no podría salir a "prospecter", que quizá hasta le robaban su aparato o lo acusaban de huaquero. Que le parecía imposible vivir lejos de un bosque. Fue la primera vez en mi vida que escuché algo así, y ya ven lo que consiguió con tal derroche de originalidad.
Al fondo, vista completa de Villarimboud, la village donde vivimos, salvo por unas diez casitas que no entraron en la foto.


