
Shhhhhhh. Silencio en el bosque y échense a buscar. Hemos llegado al point de las morilles, que al parecer son a los champignones lo que papa amarilla es a la papa, o sea la variedad más sabrosa. También es la menos común y, por lo tanto, la más cotizada en el mercado: un kilo de morilles secas puede costar hasta cien dólares en un supermercado.
Por eso, shhhhh, que nadie se vaya a enterar que estamos en uno de los pocos sitios donde ya han comenzado a brotar a estas alturas del anho. Pero quién va a meterse a este fin de mundo, me atrevo a replicar haciendo gala de mi terco escepticismo citadino solo para toparme con la severa mirada de Magtán que acaba de extender el brazo para mostrarme a otro recolector que se aleja en la dirección opuesta de nuestro rincón del tesoro. Ta bien, mejor me callo.
La primera vez que Magtán me contó sobre la tradición familiar de salir a buscar champignones todavía éramos novios virtuales, así que solo pude ver las fotos de su botín y no se parecían en nada a los champignones limpiecitos y perfectamente envasados que se venden en Santa Isabel. Esos son "paris", me explicó mi futuro esposo. Resulta que los paris los encuentras casi por todas partes durante el verano, pero también hay bolets, trumpets, chanterelles y unas cincuenta variedades más, por hablar solo de los que se pueden comer. Claro, también están los venenosos. Así que mejor no te pongas a recoger champignones si no sabes del tema.
De hecho, la experiencia puede ser muy frustrante si no conoces las temporadas de cada variedad, sus formas (para poder distinguirlos entre la maleza) y el hábitat en que suelen desarrollarse (los alrededores de los árboles poblados de musgo, las quebradas cubiertas de hojas secas, las orillas de los riachuelos). También debes estar dispuesto a ensuciarte las manos y la ropa, porque no hay manera de distinguirlos a menos que claves la rodilla en el suelo y apartes delicadamente ramitas, hojas, dátiles secos y demás. Delicadamente es la palabra clave. Tienes que tener cuidado donde pisas porque de un solo zapatazo puedes estropear un hermoso grupo de champignones.
Hemos dejado el auto al borde de la carretera. Luego de caminar un poco a través del campo, tomamos una trocha que data de la época medieval -y que desembocaba en un castillo del que ahora no quedan ni rastros- y finalmente nos desviamos otra vez, ahora sí en el bosque, bosque. Hay que trepar un poco, y bajar de nuevo hasta llegar a un río seco. Una vez ahí, shhhh.
Luego de una hora de escrutar minuciosamente el suelo, regresamos a casa con diez morilles pequenhas. Suficiente para una buena salsa que queda buenaza con cualquier carne. No está mal para ser la primera salida del anho y mi debut absoluto en estas lides. Bon appétit.
PD: En la foto, la morille es esa cabecita negra junto al dedo de Magtán. Hay que sacarla de raíz. Hoy solo encontramos chiquitas, de entre dos y cinco cms., pero pueden llegar a medir hasta 30 cms. de alto, y entonces se les llama morillons.


