


Si alguna vez caen por la casa de mis suegros, no se olviden de llevar zapatillas y buzo. La caminata es una institución familiar que, dependiendo de las condiciones del clima, puede tener lugar hasta tres veces al día, o sea después de cada comida. El trayecto suele variar pero necesariamente el punto de partida es el bosque que se abre al final del jardín de los Hamel y te lleva por una empinada pendiente hasta un campo abierto donde se alternan cultivos de maíz, trigo, arvejitas y otros. Una vez ahí, puedes enrumbar hacia "les chevaux", un establo de caballos que hace las delicias de mis sobrinas, les champignons (un point particularmente prolífico en época de champignones), "les rénards",

Y como estamos en abril pero parece junio -el Sol revienta a las siete de la manhana y no se oculta hasta casi las nueve de la noche-, nos hemos hecho acreedores al tour completo. Empezamos por los champignones, casi sin esperanza de encontrar algo porque hace muchos días que no llueve. De todas maneras, nada impide adentrarse en el segundo bosque, después de los terrenos de cultivo, para constatar los descalabros del cambio climático: hay flores de verano por todas partes y los árboles y los arbustos están prenhados de frutos a punto de marchitarse si no reciben

A diferencia de ellos, que se pasean por el bosque para relajarse, yo me pongo en guardia cada vez que entramos a la zona donde no pasan los rayos del sol. Como ente urbano que aún soy, estoy acostumbrada a caminar mirando hacia arriba, como quien busca el nombre de una calle o una referencia conocida. En consecuencia, me pesco todos los huecos, me tropiezo con cada tronco torcido y me pierdo todos los rastros de vida salvaje: los montículos de tierra que dejan los topos al cavar sus guaridas; los cúmulos de hojas y paja que indican que un ciervo ha pasado la noche en el lugar y, por supuesto, los muy variados excrementos de las diferentes especies. Por suerte, las madrigueras de los zorros no son tan caletas: hacen huecos profundos, con salidas impensables y ramificaciones dignas de un ingeniero. Lo sé porque he metido la pata en varios, y porque a los perros les encanta olisquearlos con la ilusa expectativa de encontrar algo o alguien.
Al salir del bosque, debidamente magullada, tengo que acelerar el paso para alcanzar al resto, que generalmente ha llegado hace rato a una zona protegida con cinta roja y una senhal de "prohibido pasar". Probablemente la advertencia significa algo para cualquier caminante desprevenido que se dé una vuelta por este rincón de Courtedoux, pero para los Hamel apenas es un adorno. A pocos metros de acá nacio mi suegro, unos metros más allá construyó la casa donde aún hoy vive, aquí descubrió Magtán su afición por colecciomar fósiles marinos -sí, hace millones de anhos había mar en Suiza- y fue en los alrededores que él y mi cunhado adquirieron esa pasión por la naturaleza que los llevó a estudiar Geología y Biología. Esta es su chacra si quieren. Los invasores son los equipos de excavación que llegaron hace unos siete anhos para iniciar los trabajos de la carretera transjurasienne, la misma que se ha visto reitradamente modificada y postergada debido a los hallazgos prehistóricos.
Mi suegro encuentra especial placer en mostrarnos las nuevas huellas, todas minuciosamente protegidas y marcadas por los especialistas que se aduenhan de su bosque durante la semana. Una pisada de dinosaurio puede ser decepcionante si te esperas algo parecido a lo que has visto en las películas. Un desnivel ovoidal es una huella de dinosaurio. Un trazo irregular en el suelo es una huella de dinosaurio. Un conjunto de huequitos bajo tus pies es una huella de dinosaurio. Además de las huellas, hay conchitas o caracolitos fosilizados en los resquicios de las piedras, pero los más bonitos -aseguran ellos- son los que solían encontrar cuando nadie les ponía cercos en su tierra.
Hace dos días ha nacido un potrillo en el establo, que no pertenece a la familia pero da lo mismo porque acá todos se conocen y las puertas cerradas son casi una afrenta. Cuando llegamos a visitarlo, su todavía convalesciente mamá ni se inmuta de tan acostumbrada que está a la companhía humana. El resto de caballos ídem. El bebé descansa sobre la paja sin dignarse a hacer el menor esfuerzo para pararse sobre sus enclenques patas. Nadie parece especialmente perturbado por el potente hedor del lugar, ni por las moscas ni por el inminente riesgo de una coz. Solo yo me la pienso dos veces antes de acercarme, estiro el brazo cuan largo es y alejo el cuerpo lo más posible para apenas rozar con mis dedos la frente de los caballos, y en ese trance no puedo dejar de sentir que me miran con cierto desdén, "carinha bonito oye" parece que me dijeran. Las ninhas los llaman por su nombre, los abrazan, se dejan besar.
De regreso a casa, todos hacen un repentino silencio al llegar al jardín. Un geai -un pájaro de alas azules al que también llaman "el perro del bosque" porque pega de gritos para alertar a su clan cuando detecta la presencia del enemigo- ha venido a tomar agua casi hasta la puerta. "Debe tener mucha sed para haberse acercado tanto", léase: "hace demasiado calor para esta época del anho, la tierra está muy seca y no hay frutos ni agua en el bosque". Luego se acerca un cuervo, el enemigo declarado de los árboles frutales de mi suegra, pero nadie lo hará volar hoy porque mientras no haya lluvia habrá tregua para todo el mundo.
Magtán sabe que mis reflexiones climáticas se resumen a "el calor es paja" y "el frío es horrible", por eso no puede evitar un gesto de sorpresa cuando me escucha comentar muy seriamente: Ojalá que llueva. Es que no sé, tanta vida cerca de casa, dan ganas de ponerse verde aunque sea por un fin de semana.
En las fotos, de ariba pa'bajo: El primer bosque colinda con la casa de mis suegros (la pueden ver a mis espaldas)/ El potrillo suizo /Una huella de dinosaurio, lo juro por la sarita/ "Apúgate amog" es la consigna de Magtán cada vez que entramos al segundo bosque, el más grande, frondoso y lleno de obstáculos para esta servidora /Entrada a una madriguera de zorro en la que Zambi, como de costumbre, se enterró hasta el hocico por las puras.